Tatiana Tibuleac es una experta en retratar la mente y el corazón de los más jóvenes y los más difíciles. Si con El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes te puso el corazón en un puño con El jardín de vidrio te lo pone del revés.
La pequeña cuenta su vida con una contradictoria ternura provocada por la falta de amor y de cariño que se clava como los cristales rotos.
Narrado en primera persona, además de desnudar su alma y echar en cara a sus padres su abandono y falta de amor, cuenta su triste día a día, su vagar por la ciudad buscando botellas, rodeada de alcohol, de borrachos, de hombres que ven en ella a una mujer y no a una niña de siete años. Una narración plagada de miedo por vivencias inimaginables para una pequeña. Sólo la amistad y su relación con sus compañeras de orfanato ponen algo de color en esta vida inundada de dolor, angustia y miseria.
Tibuleac cuenta los efectos que el conflicto ruso-moldavo tiene en la vida de la protagonista, quien debe aprender ambos idiomas a golpes, sufre al ver que sus ahorros de toda la vida se esfuman y al comprobar que el conflicto político llega a sus amigos y conocidos y trastoca sus vidas.
La desgracia de la pequeña botellera no acaba en su infancia, continúa en su adolescencia y madurez: con un matrimonio fracasado y una hija con grandes problemas. Aunque con su esfuerzo y tesón logra convertirse en médico; su sueño.
Lastochka es contradictoria: su carta es todo poesía, rezuma amor y ternura, a pesar de su soledad y de su falta de cariño. Dicen que el libro tiene mucho de autobiográfico, tal vez por eso sea tan triste y tierno a la vez, tan vibrante y poético. Tan frío y cálido. Tan dramático y tan profundo.
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