viernes, 10 de abril de 2015

Punta Cana es como te lo imaginas

Dicen que cuando en 1492 Cristóbal Colón puso el pie en la isla a la que llamó La Española se quedó de piedra. Él y su tripulación. 
Y no es para menos: el color de las aguas que la rodean, la textura de la arena y la vegetación tan exuberante les hicieron pensar que estaban en el paraíso. Pues imagínate si van ahora y se encuentran con los resorts. Flipan. 



Como todo el que va allí. 

Punta Cana, que está situada al este de la República Dominicana (una de las mitades de la antigua isla La Española) parece el paraíso. O sea que Colón no iba desencaminado. El agua es increíble: tanto el Caribe como la zona del Atlántico es transparente, de un color turquesa impresionante. Ni fría ni caliente.

Una flora inagotable, con palmeras de todo tipo, alturas y estilos, además de plantas, flores, árboles, arbustos maravillosos y una fauna impresionante, desde peces que te acompañan mientras te bañas hasta flamencos, garzas, gallos... que salen a tu paso. La arena es tan fina y tan blanca, que lo que de verdad te apetece es tumbarte allí cerquita del mar y pasarte horas sintiendo el vaivén de la olas. El sol es caliente y muy vertical. Así que un buen sombrero y un factor de protección 50.


Una gozada. 
Y a eso súmale los resorts. Con el todo incluido (y muchos de ellos españoles. O sea que además de la fruta de la isla, en el buffet encuentras aceite de oliva, vinagre de Jerez, gazpacho, riojas... y hasta ¡¡torrijas si vas en Semana Santa!!). 

Puedes comer de todo y a cualquier hora, y beber, licuados, jugos, ¡¡ron!! Bailar bachata (y si no sabes te enseñan), tumbarte al sol, jugar, divertirte con el equipo de animación del hotel (ya sabes: niños contentos y entretenidos equivale a padres relajados y de buen humor) y hacer excursiones. 
Excursiones a las islas más cercanas en catamarán o en lancha: Catalina, Saona, Samaná. A conocer Santo Domingo; acercarte a ver cómo hacen los puros; vivir la experiencia de bañarte con delfines, manta rayas y tiburones (vegetarianos) o también se puede preguntar en el hotel. 
¡¡Ah!! y la gente. Son súper amables, muy tranquilos, eso sí, pero de magnífico humor, con la sonrisa en la cara constantemente y muy dulzones. Llevan el ritmo en la sangre, eso ya lo sabes, y no se enfadan, o si se enfadan no se nota. 
Allí todo el mundo está a gusto consigo mismo. Sobre todo las mujeres: gordas y flacas, rubias y morenas, negras, mulatas y blancas. Se sienten cómodas con su cuerpo, y lo exhiben sin pudor en ropa súper apretada y cortísima. No sufren ni están acomplejadas, al revés se nota que están orgullosas de sus curvas y de enseñarlas. Qué diferencia con Europa y la tiranía de sus dietas de adelgazamiento. 


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